"Siempre experimenté cierto vértigo ante el silencio de las palabras escritas. Puedo pasarme horas en absoluto silencio, pero me espanta la remota (aunque siempre factible) posibilidad de que en algún momento el río de la inspiración se me seque y un zarzal ocupe su lugar en mi cabeza.
Ocurre porque la soledad intelectual y la alienación social han sido las constantes de mi vida.
Ocurre porque me hago una manta de palabras.
Porque uso las palabras como consuelo. Como escudo. Como medicina.
Porque me escondo en las palabras...
Pero en esencia la causa del vértigo es mucho más sencilla: alimenté durante años la creencia de que eran lo único verdaderamente valioso o bello que poseía. Mis palabras se dejan ser hermosas. Yo no.
Mis palabras se despojan. Son un espejo que yo ofrezco como carne.
Temo que algo terrible pueda pasar si no escribo, que se disuelvan los delicados
cimientos que sustentan mi cordura.
Temo que los diques de las emociones se agrieten y que la intensidad me ahogue."
Octavio Paz
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